Luis y Esmeralda de Miguel
Esmeralda nació cerca ya de los 70, un año después que Luis; los dos en Soria. Pero no sólo fueron a distintos colegios, sino que tomaron caminos muy diferentes. Básicamente Esmeralda fue una “buena chica”: deportista, sana y voluntaria de Cruz Roja, mientras que Luis tomó derroteros menos recomendables... En aquella época, no tenían nada en común más que el ser buenos nadadores y apellidarse “de Miguel”.
Sin embargo, no fue la natación ni tampoco el instituto en el que coincidieron, lo que llegó a unir sus destinos inseparablemente. Primero fue la fe en el Señor, que cada uno abrazó (primero él y luego ella) con la necesidad de un corazón perdido, el asombro del que oye por vez primera, el entusiasmo de la adolescencia y el compromiso aprendido de los Utrilla. Y poco tiempo después los vino a unir inseparablemente el amor apasionado y afortunadamente correspondido de él hacia ella y de ella hacia él.
Fue aquella una etapa hermosa de despertar espiritual, de canciones, campamentos, cultos, partidos de fútbol, campañas, estudios, amistades... Y en especial, la casa de Francisco Utrilla y Antonia, que fue para ellos un huerto bien cavado y regado con amor, ejemplo, oración, “cola-caos”, galletas y mucha Biblia, lo cual puso el fundamento para lo que habría de edificarse después.
Con sólo 19 años, Luis marchó a Ávila a buscar trabajo, a ayudar a los Utrilla y a ir preparando su nido. Fue una etapa turbulenta y complicada, pero no pasó mucho tiempo antes de que Esmeralda y él vieran cumplido su deseo de casarse. Pusieron así en común no sólo su tiempo, su escaso dinero y su destartalada vivienda, sino también sus metas y su objetivo de servir juntos a Dios. Y el Señor les dio entonces el privilegio de que su familia fuera una de las piedras del cimiento de un testimonio cristiano en esta ciudad amurallada de rocas y de prejuicios.
No fue fácil en este erial espiritual que es la tierra de Ávila, ver consolidado el testimonio del evangelio. ¡Que se lo digan a los Utrilla! Pero el Señor lo ha hecho. Y en ese proceso usó los dones de Luis y Esmeralda, curtió su carácter, probó su fidelidad y fortaleció su fe. En esos años Luis fue levantando un negocio de informática a base de mucho trabajo y grandes hipotecas, el lazo de colaboración con la iglesia de Soria se mantuvo, y el Señor fue añadiendo al grupito de abulenses que se convirtió al principio, a otros hermanos de fuera y a un montón de niños, de los cuales Elisabet fue la primera y entre los que hay otros cuatro “de Miguel”: David, Ana, Sara y Raquel... Una familia numerosa que es una de las responsabilidades primordiales y uno de los desafiantes proyectos en los que nuestros hermanos tienen la vida comprometida.
