Juan Federico Domingo

OBREROS

JUAN FEDERICO DOMINGO

    Fecha de nacimiento: el 2 de noviembre de 1924. Esto es lo que dice el Documento Nacional de Identidad. Los recuerdos de mi familia hablan de un hogar sencillo y humilde en el que crecí junto a mis padres, un hermano poco mayor que yo y mi abuela materna.


    Al entrar en la adolescencia recibí una fuerte influencia de mi profesor (que lo fue durante varios años), quien me enseño a amar profundamente la buena lectura. También influyó mucho en mis sentimientos la presencia de mi tío, librepensador y anarquista de corazón que hizo de mí un adolescente altruista y utópico. Así viví la experiencia traumática de la Guerra Civil con su estela de sufrimientos, hambre y escasez. Para colmo, al terminar la contienda perdí la beca y con ella la posibilidad de costear unos estudios que tenían como meta la ilusión de ser médico o maestro rural. Todavía hubo más. Mi padre enfermó y murió como consecuencia derivada de las privaciones sufridas a causa de la guerra. Si era verdad que había un Dios en los cielos ¿por qué permitía tanta injusticia?


    Al dejar los estudios tuve que buscar un trabajo con objeto de poder aportar alguna ayuda a la escasa economía familiar. Y así fue como aprendí el oficio de fotograbador (en aquel tiempo un trabajo de artesanía que requería en la especialidad del grabado a color ciertos conocimientos de dibujo y pintura por los que sentía verdadera afición). Y fue precisamente allí, en el taller de fotograbado, donde el Señor salió a mi encuentro. Es cierto que en aquel tiempo yo vivía una verdadera agonía espiritual; buscaba desesperadamente al «Dios no conocido», a quien no pude encontrar ni en el catolicismo, ni en el teosofismo - el ateísmo ya había dejado de tener sentido para mí. Buscaba entre los muertos al que vive, y la respuesta era siempre: «No está aquí».


    Entre los compañeros de trabajo había un hombre joven que era distinto de todos nosotros. Yo le veía siempre feliz, aunque tenía tan pocas razones como yo para estarlo, pues había tenido que superar una enfermedad que segó muchas vidas en los tiempos de posguerra: la tuberculosis. Quise conocer el secreto de su felicidad: era cristiano evangélico. En casa había una Biblia tamaño familiar que mi padre había comprado por 5 pesetas a un colportor. Yo había empezado a leerla varias veces (mi profesor hablaba de ella como una joya de la literatura), pero no pasaba del Génesis; no entendía ni creía nada de lo que allí se decía. Lo primero que me enseñó mi compañero fue cómo debía leer la Biblia. «Nadie mejor que el autor de un libro para explicar lo que ha escrito. Nosotros creemos que Dios es el verdadero autor de la Biblia, pues él fue quien inspiró de manera sobrenatural a los hombres que la escribieron. Por lo tanto debes pedir a Dios que te ayude a entender sus palabras» - me dijo. Así fue cómo empecé a leer, siguiendo su consejo, el Nuevo Testamento. Todavía hoy, después de casi 59 años, recuerdo la primera vez que me dirigí a Dios desde lo más profundo de mi ser, implorando su ayuda en unos momentos que habrían de ser decisivos para mí.


    Por aquellas fechas - marzo de 1940 - tuve mi primer encuentro con otros creyentes que, por tener cerradas las capillas, celebraban sus reuniones de manera clandestina en diferentes casas de los propios creyentes. Tuve la sensación de entrar en un mundo completamente distinto. Muchas de las personas que iba conociendo parecían tan felices como mi compañero de trabajo, yo deseaba ser como ellos. Mi encuentro con el Señor - a través de aquellos buenos hermanos - no fue fácil. Por un lado sentía el tremendo peso de mi indignidad y de todas mis frustraciones; por otro lado era plenamente consciente de lo que suponía «entregarse al Señor» (según el vocabulario evangélico de la época). Por fin, tras unos días y noches de verdadera angustia, la lectura del Nuevo Testamento me llevó al capítulo 11 de Mateo. Aquello fue decisivo: si en el mundo había alguien que se sintiese «trabajado y cargado», este era yo.


    Allí empezó, en realidad, mi vida de servicio para el Señor. Al estar cerradas las capillas, no pude ser bautizado hasta septiembre de 1941 (en un bautismo improvisado en el patio de la casa de uno de los ancianos de la iglesia), pero las necesidades de la obra ofrecían buenas oportunidades; para el ejercicio de los dones recibidos. Fue un tiempo de crecimiento - tanto numérico como espiritual - de la iglesia. Un buen número de aquellos jóvenes seguimos todavía sirviendo al Señor, unos a pleno tiempo y otros en los Consejos de Ancianos de diferentes Asambleas.


    Por lo que a mí respecta, el servicio empezó en la Escuela Dominical y lo que ahora llamaríamos el Grupo de Jóvenes. También me gustaba escribir; así nació el deseo de publicar (con la  inestimable colaboración de varios hermanos) una revista a la que pusimos por nombre «EL CAMINO» (que pasados los años se convirtió en «EDIFICACIÓN CRISTIANA»).


    El gusto por la correspondencia me llevó a entablar contacto con jóvenes de otras iglesias que vivían circunstancias parecidas a las nuestras: Madrid, Valladolid, Vigo, Ferrol, La Coruña... Este intercambio de experiencias fue muy enriquecedor y me permitió  tener una visión más amplia de la Obra del Señor en España.


    Cumplido el servicio militar, y una vez casado (1 de abril 1950), entré a formar parte del Consejo de Ancianos de la Avda. Mistral. Fueron años de duro aprendizaje en la escuela de la humildad, el tacto, la prudencia..., lo que ahora llamamos «psicología pastoral». Estaba convencido de que allí terminaban mis posibilidades de servicio para el Señor. No pasaba por mi cabeza la eventualidad de una encomendación a la Obra, pues me asustaba la idea de dejar un trabajo en aquel tiempo muy bien remunerado para lanzarme a una aventura de fe en la que se verían implicados mi esposa y nuestros dos hijos.


    Todavía pude quitar algunas horas al sueño y ayudar a mi querido hermano Miguel Valbuena, agobiado bajo montones de cartas que llegaban a Tánger de muchos lugares de España en respuesta a sus programas de «LA VOZ EVANGÉLICA». Hasta que no pude más. Había llegado el momento de tomar una decisión. Y la tomamos. Nuestra encomendación - a la que se unieron todas las demás Asambleas de Barcelona - tuvo lugar a finales de enero de 1958. En principio mi trabajo consistiría en seguir desde España los contactos con los radioyentes, muchos de los cuales tenían ocasión de escuchar por primera vez el mensaje del Evangelio a través de las ondas. La cosa era un tanto complicada, pues, dadas las peculiares circunstancias que se daban entonces en España, resultaba que los programas se transmitían desde Tánger, las señas que se daban para establecer un primer contacto eran las de Matosinhos, al norte de Portugal, mientras que el Nuevo Testamento, calendario, libros, folletos y la posterior correspondencia procedía de Zaragoza, donde, tras la encomendación, fijamos nuestra residencia para ayudar a mi otro querido amigo Juan Solé a confirmar la incipiente y difícil obra iniciada años atrás a orillas del Ebro.


    Como el relato se hace excesivamente largo, intentaré resumir lo que han sido hitos importantes en esta etapa de servicio que va desde nuestra encomendación hasta la fecha:


   OBRA DE LA RADIO: Años de intenso trabajo, miles y miles de cartas, Nuevos Testamentos, calendarios, libros y folletos enviados; miles de kilómetros recorridos... Un trabajo de siembra cuyos resultados - visibles e invisibles - sólo conoce el Señor.


    ZARAGOZA: Fue una de las etapas más duras - y al tiempo más gozosas - de nuestro ministerio. La lucha contra el cerrilismo de las autoridades locales fue intensa. El crecimiento de la iglesia alarmó a la curia, que forzó al Gobierno Civil a precintar por dos años la capilla en C/ Alemania. De algo nos sirvió la experiencia adquirida en Barcelona en tiempos que ya creíamos sobrepasados. Cuando, por fin, regresamos a Barcelona en 1971 (los programas ya no se transmitían desde Tánger, sino desde Montecarlo, y Miguel Valbuena había montado su estudio en la Ciudad Condal) las cosas habían cambiado y dejábamos atrás buena parte de lo mejor de nuestra vida.


    CAMPAMENTOS: Es una experiencia que recuerdo con especial cariño. La posibilidad de compartir momentos de comunión y de estudio de la Palabra con jóvenes deseosos de aprender compensaba de largo las calurosas noches de insomnio en Águilas durante bastantes años y unos pocos menos en Alba (Tarragona).


    BARCELONA: El tiempo no había pasado en vano, y muchas cosas habían cambiado en la iglesia durante nuestra ausencia. Sin embargo, todavía pudimos ayudar a establecer dos nuevos puntos de testimonio en Rubí y Ciudad Badía (actualmente Badía del Valles). La existencia de un buen número de Asambleas en el Área Metropolitana de Barcelona ofrece un amplio abanico de posibilidades para el ministerio de la Palabra, que, junto con la obra pastoral en la iglesia de Avda. Mistral y el trabajo escrito, es lo que más me ocupa actualmente.


    ALIANZA EVANGÉLICA ESPAÑOLA: Ha sido un privilegio colaborar, junto a queridos hermanos, en una obra que sin duda ha marcado un hito en la historia del pueblo evangélico en nuestro país.


    Por último, no quisiera poner fin a estas líneas sin rendir un testimonio de amor y gratitud a quienes tanto incidieron en cuanto a formación bíblica se refiere: entre ellos D. Ernesto Trenchard, D. Mariano San León y D. Edmundo Woodford.


    Mención aparte para Asunción, mi esposa. Sin ella, su paciencia, su arte en el ejercicio de la hospitalidad, etc., no hubiera sido posible ni la mitad de esos años de servicio. Me parece justo recordarlo ahora cuando, con su salud quebrantada - en buena parte resultado de largos años de una vida nada cómoda -, requiere de mí las atenciones que durante años le he regateado.


(El Señor llamó a su presencia a Asunción en Septiembre de 2.008. Juan Federico sigue con la labor de apoyo a los familiares de enfermos de Alzheimer en la residencia en donde pasó Asunción su última etapa)

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Lugar de Nacimiento: Barcelona Fecha de Nacimiento: 02-11-1924

Estado civil: Viudo
Lugar de residencia:
C/ Ventura Rodríguez 6/8-14º 3ª, Barcelona

Teléfono: 93 428 29 69

JUAN FEDERICO DOMINGO

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